Por: Henry
Córdova Bran
Qué difícil
resulta mirar el mundo de hoy, la América Latina de hoy, el Perú de hoy. A la
manera de Gramsci podríamos entender que estamos viviendo la época en que los
monstruos se han aupado al poder y desatan todas las barbaridades que anteceden
a un cambio de época. Pero las barbaridades son muchas y azotan a la humanidad,
a los ecosistemas, a los pueblos más vulnerables, a las y los estudiantes, a
las poblaciones indígenas y la naturaleza, a las reivindicaciones y derechos
conquistados en las luchas más nobles de la humanidad de los últimos siglos. La
libertad, la igualdad, la justicia, la fraternidad, la libre expresión, el
derecho, la independencia, el libre saber, el buen vivir, la cultura, la
educación, la salud; todo está expuesto y atacado con una ferocidad que ya
hemos visto antes, en otros momentos de la historia, y no precisamente los
mejores momentos de la humanidad, sino las épocas más oscuras y siniestras.
En lo que llevamos del siglo XXI las atrocidades escalan y los monstruos se reagrupan, lo vimos venir y no les pusimos frenos y hoy, los monstruos envían a las fuerzas del “orden” embrutecidas a arrasar poblaciones enteras en Gaza, a arremeter contra estudiantes indignados en París, a arrebatar de sus propiedades a poblaciones Mapuches en Argentina, a aniquilar embarcaciones pesqueras en el Caribe, a asfixiar y bloquear a todo un pueblo como ejercicio macabro y diario de quebrar la voluntad del digno pueblo de Cuba, a promover la impunidad, cercar la prensa libre, la justicia y la completa captura del poder en el Perú. Los monstruos están a la orden del día.
El siglo XX
recogió el fin de los colonialismos, de la esclavitud, y tuvo que enfrentar el
fascismo y salir de los escombros de dos guerras mundiales, de los tiempos de
las dictaduras latinoamericanas y la guerra fría, la imposición del
neoliberalismo como receta única y la idea de la globalización y del libre
comercio que ensalzaban el crecimiento y del desarrollo como la vía hacia el
progreso. El siglo XX se cerraba con un canto de sirenas donde la democracia
liberal, la revolución tecnológica y de las comunicaciones, la economía global
y el concierto planetario reunido en las Naciones Unidas aseguraban una
aparente calma en la convivencia de la humanidad.
El corto tiempo que llevamos del siglo XXI se ha encargado de desmontar esa puesta en escena: La democracia liberal no ha sido capaz de contener los anhelos agazapados de los totalitarismos autócratas de los herederos y las herederas de las dictaduras del siglo XX y hoy se han impuesto en América Latina, promovidos por Donald Trump y su programa de neo imperialismo yanquee aliado al sionismo criminal israelí; y ganan cada vez más terreno en Europa, pero de todo esto ya nos alertaba Chomsky desde su tesis sobre la Hegemonía o supervivencia.
La revolución
tecnológica y de las comunicaciones si bien ha ayudado a democratizar el acceso
a la información y la generación de contenidos, también ha facilitado la
centralización del poder, la sofisticación de las armas para las campañas y
guerras de terror, y la manipulación de la opinión pública, como se ha llegado
a saber con el caso Cerimedo y cómo asistimos casi a diario a campañas de
Trolls y granjas de desinformación e idiotización de las masas a escala global,
pero de esto ya nos advertía Sartori cuando publicó su caracterización del Homo
Videns de finales del siglo XX.
La economía global y las narrativas impuestas del crecimiento y el desarrollo no han hecho sino colisionar con la realidad del aumento de las brechas de la desigualdad, La desigualdad económica global se encuentra en máximos históricos: el 10% más rico de la población mundial posee el 75% de la riqueza total del planeta y capta más de la mitad de los ingresos, mientras que el 50% más pobre apenas retiene el 2% de la riqueza. Las clases medias, sumergidas en sus burbujas de consumo y el sistema financiero, no reparan en que el 40% de la población intermedia ha sido el sector menos favorecido en las últimas cuatro décadas, estancado frente al acelerado crecimiento del patrimonio en la cúpula. Las brechas de género son igual de alarmantes, las mujeres captan una fracción minoritaria de los ingresos laborales globales (cercana al 25%-28%) y soportan una doble carga de trabajo remunerado y no remunerado que reduce sustancialmente sus ingresos reales por hora. La economía global y el desarrollismo impuesto por las élites no ha hecho sino impulsar nacionalismos populistas teledirigidos desde las estructuras globales de dominación, en otros casos impulsar medidas extremas de recorte sistemático que atentan contra los derechos sociales y atentar a un grado demencial contra la naturaleza y el equilibrio ecológico, contribuyendo en gran medida a la crisis climática que impacta con mayor ferocidad, precisamente en las poblaciones mas vulnerables, víctimas del sistema capitalista. De esto nos advirtió en su momento el economista egipcio Samir Amin y la ensayista francesa Viviane Forrester, y el viejo Marx, claro está.
Finalmente, las Naciones Unidas es el reflejo del fracaso del consenso global para la paz y para cumplir acuerdos mínimos de convivencia. Según informes de instituciones como la Escuela de Cultura de Paz y el Comité Internacional de la Cruz Roja, en lo que va del siglo se han documentado alrededor de 40 guerras activas principales, de las cuales casi en su totalidad hay una participación directa o indirecta del gobierno de los EEUU y de su aliado Israel en lo que respecta al Medio Oriente. La ONU ha sido incapaz de detener esta escalada de la violencia perpetrada por los gobiernos que tienen la hegemonía militar en el mundo y que a la vez tienen el derecho a veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que les permite actuar con total impunidad y como no, extender esa impunidad a sus socios, como es el caso del Estado de Israel y su genocida primer ministro Netanyahu, sobre quien la Corte Penal Internacional dictó una orden de detención internacional, pero es capaz de llegar al mismo recinto de las Naciones Unidas y dar un discurso en la reciente Asamblea de setiembre. Total, si Naciones Unidas no es capaz de avanzar con la exigencia de resultados sobre el Acuerdo de París para detener el calentamiento global, menos efectivo es para detener a un criminal internacional.
En fin, la situación global, de América Latina y del Perú nos invita a retomar con urgencia la palabra y enfrentar las narrativas que se intentan imponer para justificar cada una de estas y muchas otras atrocidades, porque la libertad, la igualdad, la justicia, la fraternidad, la libre expresión, el derecho, la independencia, el libre saber, el buen vivir, la cultura, la educación, la salud y la naturaleza son parte de nuestra buena convivencia y en ello radica nuestro deber, defender las conquistas sociales y humanas y en el decir de Mariátegui criticar y enfrentar con firmeza el sistema que nuestra propia inteligencia ha cuestionado.



















